Los dias de Birmania

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El cacique quedó abatido y se frotó la nariz desconcertado. Se volvió hacia Flory y le preguntó si la thakinma querría tomar un poco de leche con el té. Si le gustaba más así, mandaría a algún vecino a que ordeñase una vaca para ella. Pero Elizabeth se negó también a tomar el té con leche sin hervir; sin embargo, tenía sed y pidió a Flory que le fuera a buscar una de las botellas de soda que Ko S’la había traído para ellos. Al ver esto, el cacique se marchó sintiéndose culpable ante lo insuficiente de sus preparativos, y dejó la veranda a los europeos.

Elizabeth seguía con la escopeta acunada sobre su regazo, mientras que Flory, acodado en la barandilla, hacía como que fumaba uno de los espantosos cigarros del cacique. Elizabeth estaba ansiosa porque empezase la jornada de caza y le acribillaba a preguntas.

—¿Cuándo empezaremos? ¿Cree usted que tenemos cartuchos suficientes? ¿Cuántos hombres llevaremos? Ojalá tengamos buena suerte. ¿Cree que cazaremos algo?

—Lo más seguro es que no encontremos nada espectacular. Unos pocos pichones, algún ave exótica si hay suerte… No es temporada, pero no pasa nada si disparamos a las perdices. Dicen que hay un leopardo por aquí cerca que mató a un buey de la aldea hace una semana.

—¡Vaya, un leopardo! ¡Sería estupendo si lo cazáramos!


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