Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Iba a pedirle que se casara con él, de hecho, pretendía pedírselo sin más dilación. Pero no le salían las palabras apropiadas, y en cambio no hacía más que hablar sin parar. No podía evitarlo. Era tan importante para él que ella comprendiese cómo había transcurrido su vida en este país, que entendiera la naturaleza de la soledad con la que quería que ella acabase para siempre. Y resultaba tan condenadamente complicado de explicar… Es terrible padecer un dolor que no tiene nombre. ¡Qué afortunados son aquéllos que sufren males clasificables! ¡Qué afortunados los pobres, los enfermos, los que sufren mal de amores, porque al menos el resto de la gente sabe qué les ocurre y pueden comprenderles! Pero ¿quién va a entender el dolor del exilio si no lo ha padecido? Elizabeth lo observaba yendo de un lado a otro, iluminado unas veces sí y otras no por la luz de la luna que plateaba su chaqueta. Todavía le seguía latiendo aceleradamente el corazón por el beso, y seguía sumida en sus pensamientos. ¿Iba a pedirle que se casara con él? ¡Tardaba tanto en decidirse! Se daba cuenta perfectamente de que le estaba contando algo acerca de la soledad. ¡Ah, claro! Le estaba advirtiendo de la soledad que tendría que sobrellevar cuando estuvieran en la selva una vez se hubieran casado. No debía preocuparse por eso. Quizá se podía llegar a sentir sola y aburrida algunas veces allí, a tantos kilómetros de los cines y los bailes, sin nadie con quién hablar más que él, sin nada que hacer por las tardes salvo leer… Una lata, la verdad. Aunque igual podían llevarse un gramófono. ¡O incluso uno de esos aparatos de radio portátiles que pronto llegarían a Birmania! ¡Eso sería sensacional! Estaba a punto de sugerirlo cuando Flory añadió:


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