Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Como de costumbre, Flory empeoraba la situación con cada palabra que pronunciaba. Se percató de que fuera cual fuese el delito, sus esfuerzos por hablar de ello enfadaban a Elizabeth más aún que la propia falta. No iba a darle ninguna explicación. Le volverÃa la espalda sin que él llegara a saber los motivos, fingiendo que no habÃa pasado nada entre los dos: la tÃpica maniobra femenina. Aún asÃ, le rogó nuevamente:
—Por favor, dÃmelo. No puedo permitir que todo acabe entre nosotros de esta manera.
—¿Que acabe el qué? Nunca ha existido nada entre los dos —dijo Elizabeth con frialdad.
Flory se sintió profundamente herido por la rudeza de sus palabras y replicó rápidamente:
—Ésta no eres tú, Elizabeth. No está bien negar el pan y la sal a alguien que se ha portado bien contigo y no explicarle siquiera los motivos. Puedes ser sincera conmigo. Por favor, dime qué te he hecho.
Ella le lanzó una mirada llena de resentimiento, no tanto por lo que pudiera haberle hecho, sino por forzarle a hablar de ello. Aún asÃ, estaba impaciente porque aquella escena concluyera y le dijo:
—Bueno, puesto que me obligas a hablar…
—¿S�
—Me he enterado de que, a la vez que fingÃas… en fin, cuando estabas conmigo… ¡Oh, es demasiado horrible! No puedo ni decirlo…