Los dias de Birmania

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Flory tuvo la fortuna de que su trabajo le mantenía lo suficientemente ocupado como para no disponer de tiempo libre para darle vueltas a la cabeza. Su ausencia había provocado un gran desbarajuste en el campamento. Unos treinta coolies habían desaparecido, el elefante enfermo estaba peor que nunca, y una enorme pila de troncos de teca que debían haber salido hacía diez días, estaban todavía allí porque la locomotora no funcionaba. Flory, que no tenía ni idea de mecánica, revolvió en las entrañas del motor hasta que la grasa le cubrió completamente de negro y Ko S’la le echó en cara que los blancos no debían hacer “trabajo de coolies”. La locomotora finalmente arrancó a regañadientes. Se descubrió que el elefante enfermo tenía la solitaria. En cuanto a los coolies, se marcharon porque les habían dejado de dar su dosis de opio y sin él no estaban dispuestos a quedarse en la selva, ya que tomaban la droga para protegerse de la fiebre. U Po Kyin, queriendo jugarle a Flory una mala pasada, había ordenado a los funcionarios de aduanas que hicieran una redada y se incautaran el opio. Flory escribió al Dr. Veraswami pidiéndole ayuda. El doctor le envió una buena cantidad de opio que se procuró ilegalmente, medicinas para el elefante y una carta con instrucciones detalladas de uso. Al animal le extrajeron una tenia que sobrepasaba los seis metros de largo. Flory estaba siempre ocupado durante doce horas al día. Al final de la tarde, si no tenía nada que hacer, se sumergía en la selva y andaba y andaba hasta que el sudor se le metía en los ojos y le sangraban las rodillas de los arañazos que le hacían los arbustos y hierbajos. Las noches eran su peor momento. La crudeza de lo que había sufrido se apoderaba de él, como suele ocurrir en estos casos, paulatinamente.


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