Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Tenía unos ojos inquietantes, azul claro y algo saltones, que transmitían una autoridad aplastante. Con una sola mirada fría y escrutadora de apenas cinco segundos, parecía capaz de emitir un veredicto sobre tu persona. Si se era lo que él respetaba (es decir, oficial de caballería y jugador de polo), Verrall te aprobaba y se comportaba correctamente; si se era cualquier otra cosa, te aborrecía de un modo tan notorio que ni podía ni quería ocultarlo. Nada importaba ser rico o pobre, pues Verrall no era más esnob que el resto de la gente. Desde luego, como todos los hijos de familias con dinero, consideraba la pobreza algo desagradable y creía que los que eran pobres lo eran por elección propia. Aunque, por otra parte, también aborrecía la vida disipada de los que poseen fortunas. Gastaba, o más bien dejaba a deber, considerables sumas en ropa, lo cual no era óbice para que viviera tan ascéticamente como un monje. Se ejercitaba incesantemente, se racionaba la bebida y el tabaco, dormía en una cama de campaña (con pijama de seda) y se bañaba con agua fría en lo más crudo del invierno. Las únicas cosas a las que rendía pleitesía era a la equitación y a la forma física. Las huellas de los cascos en el maidan, la poderosa sensación de estar unido al caballo como un centauro con su bastón de polo en la mano… todo eso era su religión, lo que le daba aliento para seguir vivo. Los europeos de Birmania (vagos, mujeriegos, alcoholizados y macilentos), le ponían enfermo sólo de pensar en los hábitos decadentes que perpetuaban. En cuanto a las obligaciones sociales, las veía como algo propio de cobistas y directamente las ignoraba. A las mujeres las aborrecía también. A su juicio, eran como sirenas cuyo único objetivo era apartar a los hombres del polo y enredarles con partiditos de tenis y discusiones de sobremesa. Sin embargo, no era completamente ajeno a ellas. Era joven y mujeres de todas las clases se le insinuaban, y él sucumbía a sus encantos una y otra vez. Pero enseguida acababa asqueado y era lo suficientemente insensible como para abandonarlas sin sentir el más ligero remordimiento. Había dejado así a alrededor de una docena durante los dos años que había pasado en la India.