Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Transcurrió una semana entera. Elizabeth no había conseguido ni tan siquiera conocer a Verrall. ¡Era tan inaccesible! Todos los días, mañana y tarde, su tía y ella iban y venían del Club pasando por el maidan, y allí estaba Verrall, golpeando las pelotas que le lanzaban los cipayos, sin prestar ninguna atención a las dos mujeres. ¡Lo tenía tan cerca y al mismo tiempo tan lejos! Lo peor era que ninguna de las dos habría considerado decente hablar entre ellas de este asunto. Una tarde, una pelota de polo que Verrall había golpeado demasiado fuerte, fue rodando sobre la hierba hasta detenerse junto a ellas. Elizabeth y su tía se pararon instintivamente, pero fue un cipayo el que acudió a recoger la bola. Verrall había visto a las mujeres y se mantuvo alejado.
A la mañana siguiente, Mrs. Lackersteen se frenó cuando salían de casa las dos. Últimamente había dejado de montar en el jinrikisha. Al fondo del maidan, los policías militares formaban una fila con sus relucientes bayonetas al hombro. Verrall estaba frente a ellos, aunque no llevaba puesto uniforme; rara vez se lo ponía para pasar revista por la mañana, pues pensaba que no hacía falta tratándose de meros policías militares. Las dos mujeres fingían observar lo que pasaba sin detenerse en Verrall, a pesar de que eran incapaces de quitarle los ojos de encima.