Los dias de Birmania

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—Lo que es una lástima —dijo Mrs. Lackersteen, aparentemente sin venir a cuento—, es que tu tío no tendrá más remedio que volver a la selva dentro de poco.

—¿En serio?

—Me temo que sí. Es tan fastidioso tener que estar allí en esta época del año, con todos esos mosquitos.

—¿Y no podría quedarse un poco más? ¿Una semana más, por ejemplo?

—No creo que pueda. Lleva ya cerca de un mes sin aparecer por allí. La empresa se pondría furiosa si se enterara. Y lo peor es que nosotras dos también tendremos que marchar con él. ¡Menudo fastidio! Sólo de pensar en los mosquitos me pongo mala.

En efecto, era terrible; tenerse que ir sin que Elizabeth hubiese siquiera cruzado unas palabras con Verrall. Pero si Mr. Lackersteen se marchaba, no tendrían más remedio que acompañarle. De ninguna manera podían dejarle irse solo. Satán siempre encuentra el modo de hacer daño, incluso en la selva. Un destello como un fogonazo recorrió la fila de cipayos; les habían dado la orden de presentar sus bayonetas. La polvorienta hilera se volvió a la izquierda, saludó y marchó en columna de a cuatro. Los ordenanzas estaban llegando con los ponis y los bastones de polo. Mrs. Lackersteen tomó en ese momento una decisión heroica.


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