Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Creo —dijo— que tardaremos menos si cruzamos el maidan. Es mucho más rápido que ir por la carretera.
Lo cierto es que era unas 50 yardas más corto, pero nadie iba nunca por ese lado a pie, pues las semillas de la hierba se le metÃan a uno en las medias. Mrs. Lackersteen comenzó a caminar por la hierba y, dejando a un lado cualquier pretensión de fingir que se dirigÃan al Club, se fue directamente a por Verrall, con Elizabeth siguiendo sus pasos. Cualquiera de las dos se habrÃa dejado matar antes que admitir que estaban haciendo algo distinto a tomar un atajo. Verrall las vio venir, maldijo y tiró de las riendas de su poni. No podÃa negarles el saludo ahora que le abordaban tan clarÃsimamente. ¡Qué frescura la de estas mujeres! Se acercó a ellas con parsimonia, gesto ceñudo y empujando la pelota de polo con golpecitos distraÃdos.
—Buenos dÃas, Mr. Verrall —le saludó Mrs. Lackersteen zalamera desde unos veinte metros.
—…nos dÃas —respondió malhumorado y comprendiendo al instante que se trataba de una de esas cotorras chupadas tÃpicas de las colonias indias.