Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Poco después, Elizabeth llegó a la altura de su tía. Se había quitado las gafas y balanceaba el sombrero que llevaba en la mano. ¿A quién le importaba coger una insolación cuando se era consciente de lo bonito que resultaba su pelo corto? Una ráfaga de viento (una de esas benditas bocanadas de aire fresco que llegaba de no se sabe dónde en esos días sofocantes) le había pegado el vestido de algodón a su cuerpo, esbelto y firme como el tronco de un árbol. Su súbita aparición junto a la otra mujer, más vieja y chamuscada por el sol, fue toda una revelación para Verrall. Le causó tal impresión que la yegua árabe lo sintió y se revolvió, y tuvo que tirar con fuerza de las riendas para calmarla. Hasta aquel momento no tenía constancia, ni se había molestado en consultarlo, de que hubiera ninguna mujer joven en Kyauktada.
—Mi sobrina —dijo Mrs. Lackersteen.