Los dias de Birmania
Los dias de Birmania No contestó, pero dejó caer el bastón de polo y se descubrió. Elizabeth y él se quedaron mirándose unos instantes. Sus rostros se veían limpios y frescos bajo el sol implacable. Los hierbajos comenzaron a hacerle cosquillas en las piernas hasta resultar casi insoportable, y sin las gafas puestas sólo veía a Verrall y su montura como una mancha borrosa y blanquecina. Aún así, ¡se sentía tan feliz! Su corazón palpitaba con fuerza y se le subían los colores como si fueran una fina capa de acuarela. «¡Dios mío, es un bombón!», se decía para sí Verrall sin poder quitárselo de la cabeza. Los indios, que tenían a los ponis sujetos por las bridas, observaban con curiosidad la escena, como si la belleza de los dos jóvenes hubiera causado también una honda impresión en ellos.
Mrs. Lackersteen rompió el silencio que había durado ya más de medio minuto.
—¿Sabe, Mr. Verrall —dijo dando algunos rodeos—, que nos parece de lo más cruel el abandono al que nos tiene sometidas? ¡Y nosotras que teníamos tantas ganas de ver alguna cara nueva por el Club!
Seguía mirando a Elizabeth cuando respondió, pero el cambio que se había producido en su voz era notable.