Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Llevaba unos dÃas con la intención de ir, pero he estado muy ocupado instalando a mis hombres y haciendo cosas por el estilo. Lo siento —añadió, y es que a pesar de que no acostumbraba a pedir perdón, tenÃa claro que la muchacha lo merecÃa—. Siento mucho no haber contestado a su nota.
—No es nada. Nos hacemos cargo, aunque confiamos en que venga al Club esta tarde. Eso sà —concluyó exagerando aún más el ridÃculo tono que habÃa adoptado—, si nos vuelve a decepcionar, no tendremos más remedio que empezar a pensar que es usted un joven muy malo.
—Lo siento —insistió—. Estaré allà esta tarde.
No quedaba nada más que decir y las dos mujeres se alejaron en dirección al Club. Sin embargo, apenas se quedaron allà cinco minutos. Los hierbajos estaban causando un tormento tal a Elizabeth que se vieron obligadas a regresar a casa apresuradamente para cambiarse de medias.
Verrall cumplió su promesa y acudió al Club aquella tarde. Llegó un poco antes que los demás, y a los cinco minutos de estar allà ya habÃa dejado constancia manifiesta de su presencia. Cuando Ellis entró en el Club, el mayordomo salió a su encuentro como una bala de la sala de juego y lo abordó. Se le veÃa angustiado y le corrÃan las lágrimas por las mejillas.