Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Señor, señor!
—¿Qué diablos te pasa ahora? —le preguntó Ellis.
—El nuevo señor me ha pegado.
—¿Qué?
—Me ha pegado, señor —y lo dijo levantando la voz con una especie de alarido desgarrador—, pe-e-egado.
—¿Que te han pegado? Te está bien empleado. ¿Y quién ha sido?
—El nuevo señor. El sahib de la policÃa militar. Me ha pegado con el pie, señor…, ¡aquÃ! —y se frotó el trasero.
—¡Maldita sea! —exclamó Ellis.
Entró en el salón. Verrall estaba leyendo el Field y sólo se le veÃan los bajos de sus pantalones claros y sus lustrosos zapatos negros. No se dignó en moverse al notar que alguien llegaba.
—Oiga usted, como se llame, Verrall…
¿Qué?
—¿Le ha dado usted unas patadas a nuestro mayordomo?
Los ojos azul claro y ariscos de Verrall surgieron por un extremo del Field, igual que los de un crustáceo asomándose por detrás de una roca.
—¿Qué? —repitió enseguida.