Los dias de Birmania

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—Digo que si le ha pegado usted unas patadas a nuestro condenado mayordomo.

—Sí.

—¿Y por qué demonios lo ha hecho?

—El muy desgraciado se atrevió a replicarme. Le pedí un whisky con soda y me lo trajo caliente. Le dije que le pusiera hielo y no quiso hacerlo; me contó no sé qué estupidez sobre que tenía que reservar el último trozo de hielo. Así que le pegué una patada. Le está bien empleado.

Ellis estaba furioso. El mayordomo era propiedad del Club y ningún forastero tenía derecho a patearlo. Pero lo que más le irritaba a Ellis era que Verrall pudiese pensar que él sentía compasión por el criado, o que incluso desaprobaba el propio acto de pegarle.

—¿Que le está bien empleado? Seguro que sí. ¿Pero qué tiene que ver eso con lo que le estoy diciendo? ¿Quién es usted para golpear a nuestros criados?

—Déjese de tonterías, amigo. Le hacía falta. Tienen muy mal acostumbrados a sus criados por aquí.

—Maldito insolente engreído, usted no es nadie para decirnos qué es lo que les hace falta a nuestros criados. No es ni siquiera miembro de este Club. Castigar a los criados es cosa nuestra.

Verrall bajó el Field y miró de frente a Ellis. No cambió el tono hosco de su voz. Nunca perdía los nervios con un europeo; nunca era necesario.


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