Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—Escuche, amigo, si alguien me replica, le pateo el trasero. ¿Quiere usted que se lo demuestre?

Toda la ira de Ellis se sofocó de repente. No es que tuviera miedo, nunca en toda su vida lo había tenido; era sólo que la mirada de Verrall era demasiado fuerte para él. Esos ojos le hacían sentir como si estuviera precipitándose por las cataratas del Niágara. Los insultos se derritieron en sus labios y su habitual chorro de voz se esfumó. Añadió quejumbroso y pusilánime:

—Pero, hombre, tenía razón al no darle el último trozo de hielo. ¿Acaso cree que compramos hielo sólo para usted? No llega más que dos veces por semana.

—Menuda organización tan desastrosa entonces —dijo Verrall ocultándose de nuevo tras el Field, satisfecho tras comprobar que la discusión había concluido.

Ellis se sentía impotente. Era desquiciante la tranquilidad con la que Verrall retomaba la lectura ignorando a su interlocutor. ¿Por qué no se atrevía a darle a ese jovencito su merecido?

Lo cierto es que Ellis no le dio ningún puntapié. Verrall se había merecido muchos a lo largo de su vida, pero jamás había llegado a recibirlos, y probablemente seguiría siendo así. Ellis regresó mohíno a la sala de juego para pagar su malestar con el mayordomo, y dejó a Verrall en posesión de la sala de estar.


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