Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Continuó así durante varios minutos. Resultaba impresionante, precisamente porque era completamente sincero. Ellis odiaba realmente a los orientales; los odiaba de un modo implacable, compulsivo, con repugnancia, como si de algo diabólico o impuro se tratara. Como responsable de una compañía maderera, que vivía y trabajaba en constante contacto con los birmanos, no había acabado por acostumbrarse a la visión de una cara negra. Cualquier indicio de sentimiento de amistad hacia un oriental le parecía una aberración terrible. Era un hombre inteligente y un empleado capaz, a pesar de que también era uno de esos ingleses —muy comunes, por desgracia— a los que nunca se les debería haber permitido pisar Oriente.
Flory permanecía sentado acariciando la cabeza de Fio sobre su regazo, incapaz de cruzar su mirada con la de Ellis. En condiciones favorables, su marca de nacimiento ya le hacía duro mirar a la gente directamente a la cara. Para cuando se dispuso a hablar, podía sentir como le temblaba la voz —pues temblaba cuando debería haber sonado firme y su gesto también se descomponía sin poder controlarlo.
—Tranquilo —dijo por fin malhumorado y con tono más bien poco convincente—. Tranquilo. No hace falta exaltarse de esa manera. Nunca he propuesto que se admita a ningún nativo.