Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¿Ah no? Aún asà todos sabemos perfectamente que te encantarÃa. ¿Por qué si no vas a la casa de ese grasiento babu[3] cada mañana?
Sentándote a la mesa con él como si fuera un hombre blanco y bebiendo de vasos que han baboseado antes sus asquerosos morros de negro —sólo de pensarlo me entran ganas de vomitar.
—Siéntate, amigo mÃo —dijo Westfield—. OlvÃdalo. Tómate algo. No merece la pena discutir. Hace demasiado calor.