Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Por Dios —dijo Ellis un poco más calmado, dando un paso o dos atrás y adelante—, por Dios, no os entiendo, compañeros. Sencillamente no os entiendo. Ahora el muy idiota de Macgregor quiere meter a un negro en este Club sin venir a cuento, y os quedáis ahà sentados sin decir ni una palabra. Dios mÃo, ¿qué se supone que estamos haciendo en este paÃs? Si no vamos a dar las órdenes, ¿por qué demonios no recogemos nuestras cosas y nos largamos? Aquà estamos en teorÃa para gobernar a un montón de cochinos negros de mierda que han sido esclavos desde el principio de los tiempos, y en vez de manejarles de la única manera que entienden, vamos y les tratamos como a iguales. Y todos vosotros, estúpidos b---s[4], lo veis como algo absolutamente normal. Ahà tenemos a Flory, que tiene por mejor amigo a un babu negro que se llama a sà mismo doctor sólo porque estuvo dos años en una de esas universidades indias. Y tú, Westfield, orgulloso de estar al frente de tu atajo de cobardes, patizambos y corruptos policÃas. Y Maxwell, que se pasa todo el dÃa corriendo tras las faldas de putillas eurasiáticas. SÃ, lo haces, Maxwell; ya he oÃdo sobre tus andanzas en Mandalay con cierta fulana llamada Molly Pereira. Supongo que te habrÃas casado con ella de no haber sido trasladado aquÃ, ¿no? A todos os parecen gustar esas cochinas bestias negras. Dios, no sé qué nos sucede. En serio, no lo sé.