Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Venga, tómate otra copa —dijo Westfield—. ¡Eh, camarero! Unas cervezas antes de que se acabe el hielo, ¿eh? ¡Cerveza, camarero!
El camarero trajo unas cuantas botellas de cerveza Munich. Ellis se sentó al poco rato en la mesa con el resto y cogió una de las botellas frÃas entre sus pequeñas manos. Le estaba sudando la frente. Aún seguÃa de malhumor, pero ya no sentÃa la misma rabia. Siempre era terco y resentido, aunque sus ataques de ira no duraban demasiado, y nunca se disculpaba por ellos. Las discusiones eran algo habitual en la rutina del Club. Mr. Lackersteen se sentÃa mejor y examinaba las ilustraciones de La Vie Parisienne. Eran las nueve pasadas y en la habitación, impregnada con el olor acre del puro de Westfield, el calor se hacÃa sofocante. Las camisas se pegaban a la espalda con los primeros sudores del dÃa. El invisible chokra[5] que tiraba afuera de la cuerda del punkah se estaba quedando dormido con el calor.
—¡Camarero! —gritó Ellis, mientras éste aparecÃa—. ¡Ve y despierta a ese maldito chokra!
—SÃ, señor.
—¡Camarero!
—¿SÃ, señor?
—¿Cuánto hielo queda?
—Unas veinte libras, señor. Sólo durará hasta hoy, creo. Me resulta muy difÃcil conservarlo helado.