Los dias de Birmania

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—¡Manteneros alejados, hijos de p…, si no queréis que os zurre!

Aunque eran cuatro contra uno, Ellis resultaba tan temible que les entró miedo. El que había quedado herido estaba de rodillas cubriéndose la cara con las manos y gritaba:

—Estoy ciego, estoy ciego.

Inesperadamente, los otros cuatro se volvieron y se abalanzaron sobre una pila de gravilla para reparar la carretera, que se encontraba a veinte yardas de distancia. Uno de los empleados de Ellis apareció en la veranda de la oficina y comenzó a saltar agitadamente.

—Vamos, señor, venga rápido. Lo van a matar. Ellis, desdeñando la carrera, comenzó a caminar hacia los escalones de la veranda. Un trozo de grava llegó volando para estrellarse contra una columna y el empleado, de inmediato, desapareció en el interior. Pero Ellis se volvió para encarar a los muchachos, que se encontraban allí abajo con las manos llenas de gravilla. Entonces empezó a burlarse.

—¡Malditos y asquerosos negros! —vociferaba—. ¿Tenéis una sorpresita para mí? Venga, subid aquí y pelearos conmigo los cuatro. No tenéis valor. ¡Cuatro contra uno y os da miedo! ¿Y os llamáis hombres? Unas ratas inmundas, eso es lo que sois.


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