Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Hubo un silencio. U Po Kyin permaneció un rato contemplando la lluvia, con sus pequeñas manos cruzadas detrás de la espalda y reposando sobre la repisa natural de su trasero. Los otros tres le observaban desde un extremo de la veranda, atemorizados todavÃa ante la idea de atacar a un hombre blanco y pendientes de que se le ocurriera un plan perfecto para una situación que les superaba. Recordaba un poco a ese conocido cuadro (¿de Meissonier?) en el que sale Napoleón en Moscú analizando sus mapas mientras los mariscales aguardan expectantes con los sombreros en las manos. Pero, desde luego, U Po Kyin tenÃa la situación mucho más bajo control de lo que la tuvo Napoleón. Sólo tardó dos minutos en que se le ocurriera un plan. Cuando se volvió hacia ellos, su cara de luna rebosaba alegrÃa. El doctor no habÃa acertado al describirlo cuando dijo que en ese tipo de ocasiones U Po Kyin hacÃa un amago de baile. La figura de U Po Kyin no se prestaba para el baile; aunque, si lo hubiera estado, habrÃa danzado en ese mismo instante. Hizo señas a Ba Sein para que se le acercara y le susurró algo al oÃdo durante unos segundos.
—Esa debe ser la estrategia a seguir, ¿no? —concluyó.
El rostro de Ba Sein mostró una sonrisa amplia, incrédula y que dejaba entrever poca convicción por su parte.