Los dias de Birmania

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Capítulo IV

Flory yacía dormido sobre su cama empapada de sudor, desnudo, sin más ropa que unos pantalones negros de Shan. Había pasado todo el día sin hacer nada. Permanecía aproximadamente tres semanas al mes en el campamento, y sólo iba a Kyauktada unos pocos días, principalmente para descansar, ya que apenas tenía trabajo de oficina que hacer.

El dormitorio era una amplia habitación cuadrada con paredes blancas enyesadas, las puertas abiertas y sin techo, pues sólo cubrían la estancia unas vigas sobre las que anidaban los gorriones. No había más muebles que la gran cama con los cuatro postes de los que colgaba como un dosel el mosquitero, una mesa de mimbre, una silla también de mimbre y un pequeño espejo; además, había unos estantes toscos con varios centenares de libros, todos muy estropeados por culpa de las muchas estaciones lluviosas y plagados de lepisma. Clavado en la pared, había un tuktoo, aplastado e inmóvil como un dragón heráldico. De los aleros de la veranda caía la luz brillante como aceite blanco. Unas palomas desde un matorral de bambú se arrullaban monótonamente con un ruido que armonizaba extrañamente bien con el calor; un sonido somnoliento, pero más somnífero por lo de cloroformo que por lo que de nana tenía.


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