Matar a un elefante y otros escritos

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MARRAKECH

Al pasar el cadáver, las moscas dejaron la mesa del restaurante y lo siguieron volando en tropel, aunque volvieron al cabo de unos minutos.

El pequeño grupo de dolientes —todos ellos hombres y muchachos, ni una sola mujer— avanzaba abriéndose paso por el mercado, entre montones de granadas, entre los taxis y los camellos, con voces plañideras que entonaban un cántico breve, repetido una y otra vez. Lo que en verdad atrae a las moscas es que los cadáveres aquí nunca son metidos en un ataúd, tan sólo envueltos en una pieza de tela tosca y portados sobre unas angarillas de madera, a hombros de cuatro amigos del difunto. Cuando los amigos llegan al lugar en el que se le ha de enterrar, cavan un agujero oblongo, de medio metro de profundidad, en el cual depositan el cuerpo para cubrirlo después con terrones de tierra reseca, como el ladrillo triturado. No hay lápida, no hay nombre, no hay nada que identifique la presencia de nadie. El lugar del enterramiento es una vasta extensión de tierra yerma, como un solar abandonado, donde nada se ha construido. Al cabo de un mes, o dos, nadie tiene la menor certeza de dónde están enterrados sus familiares.


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