Matar a un elefante y otros escritos
Matar a un elefante y otros escritos Todo esto era para mà motivo tanto de perplejidad como de irritación. Por aquel entonces, yo habÃa tomado ya la determinación de que el imperialismo era mala cosa, y de que cuanto antes renunciara a mi empleo y me largara de allÃ, mejor que mejor. Teóricamente —y en secreto, claro está—, estaba a favor de los birmanos y en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con más amargura de la que posiblemente sabré expresar con claridad. En un empleo como ése, uno ve muy de cerca el trabajo sucio del Imperio. Los desdichados prisioneros que se hacinaban en las apestosas jaulas de las cárceles, las caras grises y acobardadas de los presos con largas condenas, las nalgas destrozadas de quienes habÃan sido azotados con cañas de bambú, todo ello me causaba una opresión redoblada por un intolerable sentimiento de culpa. Pero no era capaz de poner nada en su justa perspectiva. Yo era joven, carecÃa de una educación apropiada, habÃa tenido que resolver mis problemas en el total silencio que se impone sobre cada inglés en Oriente. Por no saber, ni siquiera sabÃa que el Imperio británico se está muriendo, y menos aún que es bastante mejor que los jóvenes imperios que vienen a suplantarlo. Todo cuanto alcanzaba a saber con claridad es que estaba atrapado entre mi odio contra el imperio a cuyo servicio trabajaba y mi ira contra el espÃritu malvado de las bestezuelas que trataban de hacerme la vida imposible. Una parte de mi ánimo consideraba el Raj Británico como una tiranÃa de la que era imposible huir, algo cerrado a cal y canto, in sÅ“cula saeculorum, impuesto sobre la voluntad de los pueblos postrados; con otra, pensaba que la mayor alegrÃa del mundo serÃa seguramente clavarle una bayoneta en las entrañas a un monje budista. Esa clase de sentimientos son efectos normales del imperialismo; pregúnteselo el lector a cualquier funcionario anglo–indio, si logra encontrarlo cuando no esté de servicio.
