Matar a un elefante y otros escritos
Matar a un elefante y otros escritos De entrada, no tiene nada que ver con expresiones arcaizantes, con la recuperación de palabras y giros obsoletos, ni con el establecimiento de un inglés estándar del que no conviene alejarse nunca. Al contrario, importa de manera especial prescindir de todas aquellas palabras y giros cuya utilidad haya caducado. No tiene nada que ver con la corrección gramatical y sintáctica, que no poseen la menor importancia mientras uno se exprese con claridad; no tiene nada que ver con evitar los americanismos, ni con eso que se llama “un buen estilo en prosa”. Por otra parte, no tiene nada que ver con la falsa sencillez, con el intento por escribir un inglés coloquial. Tampoco guarda relación con el hecho de preferir siempre el término anglosajón antes que el latino, aunque sí entraña el uso de las palabras más breves, y de las menos posibles, que sirvan para transmitir lo que se desea decir. Lo que ante todo se necesita es dejar que el sentido escoja la palabra, y no a la inversa. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas. Cuando uno piensa en un objeto concreto, piensa sin palabras; si aspira a describir lo que ha visualizado, probablemente se ponga a rebuscar hasta dar con las palabras exactas que mejor encajen. Cuando uno piensa en algo abstracto, se siente más inclinado a emplear palabras desde el principio, y a menos que haga un esfuerzo consciente por abstenerse, el dialecto existente entrará a saco y hará el trabajo que uno iba a hacer, a expensas de desdibujar lo que se quería decir e incluso de trastocarlo. Probablemente sea mejor aplazar el empleo de las palabras todo lo que sea posible, y aclararse antes el sentido como mejor se pueda, por medio de imágenes y sensaciones. Después se podrá escoger —no sólo aceptar— las expresiones que mejor transmitan el significado, para proceder luego en sentido inverso y decidir qué impresión van a causar en otra persona las palabras que use. Este último esfuerzo mental suprimirá todas las imágenes revenidas, anquilosadas o mezcladas, todas las frases prefabricadas, todas las repeticiones innecesarias, todas las paparruchas y las vaguedades. Cierto es que uno, a veces, puede dudar sobre el efecto de un giro o de un vocablo, por lo cual necesita reglas de las que fiarse cuando falle el instinto. Creo que éstas son seis reglas que abarcarán casi todos los casos posibles: