Matar a un elefante y otros escritos
Matar a un elefante y otros escritos Aquà no he querido considerar el uso literario de la lengua, sino tan sólo la lengua en calidad de instrumento para expresar, no para ocultar ni para ahogar el pensamiento. Stuart Chase y algunos más han estado a punto de proclamar que todo término abstracto carece de sentido, utilizando la proclama como pretexto para abogar por una especie de quietismo en la polÃtica. Como no se sabe qué es el fascismo, ¿cómo puede uno combatir contra el fascismo? No es preciso tragarse absurdos como éste, aunque sà deberÃamos reconocer que el caos polÃtico de la actualidad está conectado con el declive del lenguaje, y que uno, probablemente, pueda inducir ciertas mejoras comenzando por el plano verbal. Si uno simplifica su inglés, se verá libre de las peores estupideces de la ortodoxia. No puede uno hablar en todos los dialectos necesarios, y cuando haga un comentario estúpido su estupidez le será evidente incluso a quien lo haga. El lenguaje polÃtico —y, aunque con variaciones, esto es cierto en el caso de todos los partidos, desde los conservadores hasta los anarquistas— está diseñado para que las mentiras suenen a verdad y los asesinatos parezcan algo respetable: para dar aspecto de solidez a lo que es viento. Esto no se puede cambiar de un dÃa para otro, pero al menos puede uno cambiar sus hábitos y, de vez en cuando, incluso podrá, si se rÃe y se mofa alto y claro, mandar algunas expresiones desgastadas e inservibles —la bota y el yugo, el talón de Aquiles, el caldo de cultivo, el crisol, la prueba del ácido, el verdadero infierno y demás grumos de residuo verbal— al cubo de la basura, que es el sitio que les corresponde.