Matar a un elefante y otros escritos
Matar a un elefante y otros escritos Uno de los capÃtulos más interesantes de Su mejor hora es el que aborda el posible intercambio de destructores norteamericanos por bases en las Antillas británicas. Las cartas que cruzaron Churchill y Roosevelt forman una suerte de comentario al hilo sobre la polÃtica de la democracia. Roosevelt sabÃa que era de interés para los Estados Unidos que Inglaterra tuviera destructores, y Churchill sabÃa que no era una desventaja para Gran Bretaña —más bien al contrario— que los Estados Unidos dispusieran de esas bases. No obstante, al margen de las dificultades legales y constitucionales del acuerdo, era imposible proceder a la entrega de los barcos sin más regateos. En puertas de las elecciones, y sin perder de vista a los aislacionistas, Roosevelt tenÃa que dar la impresión de estar imponiéndose en una ardua negociación. También necesitaba una garantÃa de que, incluso en el supuesto de que Gran Bretaña perdiera la guerra, la flota británica bajo ninguna circunstancia serÃa puesta en manos de los alemanes. Era, evidentemente, una condición insensata, e imposible de imponer. PodÃa darse por sentado que Churchill no rendirÃa la flota; por otra parte, si los alemanes lograsen invadir Gran Bretaña, podrÃan crear un gobierno tÃtere, de cuyos actos Churchill no podrÃa responsabilizarse. Por consiguiente, era de todo punto incapaz de dar tan firmes garantÃas como se le exigÃan, y la negociación se dilató por todo ello. La única solución rápida habrÃa sido lograr un compromiso por parte de todo el pueblo británico, incluida la tripulación de los barcos. Pero, curiosamente, Churchill parece haber rehuido el dar publicidad a estos hechos. Hubiera sido peligroso, dice, permitir que se supiera lo cerca de la derrota que se encontraba Gran Bretaña. Tal vez fuera ésta la única ocasión, a lo largo de todo este periodo, en que subestimó la moral de la nación.