Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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El tío Walter, por ejemplo, le deprimía terriblemente. Tenía sesenta y siete años, y, con sus variopintos trabajos de «intermediario» y los restos cada vez más menguados de su patrimonio, apenas ganaba tres libras a la semana. Poseía una especie de cubículo minúsculo a modo de oficina en Cursitor Street, y vivía en una pensión muy barata en Holland Park. Todo ello iba muy en consonancia con su familia, pues todos los varones Comstock habían acabado irremediablemente en una pensión. Cuando se contemplaba al pobre tío Walter, con su enorme barriga trémula, su voz de bronquítico, su enorme rostro, pálido y pomposo, al estilo del retrato que Sargent realizó de Henry James, su cabeza completamente calva, sus ojos claros e hinchados y su bigote siempre caído, que él intentaba en vano retorcer y levantar, resultaba de todo punto imposible imaginar que alguna vez había sido joven. ¿Cómo concebir que semejante individuo hubiera sentido palpitar la vida en las venas? ¿Alguna vez se había encaramado a un árbol, se había tirado desde un trampolín o se había enamorado? ¿Alguna vez había utilizado el cerebro? A principios de siglo, cuando aritméticamente era joven, ¿ni siquiera entonces había hecho algo en la vida? Tal vez alguna que otra locura nada espectacular: unos whiskies en bares sombríos, un par de visitas al music-hall Empire Promenade o un poco de desahogo discreto en los burdeles; el tipo de fornicaciones sucias y monótonas que cabe imaginar entre las momias del museo egipcio cuando cierra sus puertas al anochecer. Y tras largos, larguísimos años de fracasos empresariales, la soledad y el anquilosamiento en pensiones abandonadas de la mano de Dios.


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