Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Pese a todo, probablemente su viejo tío fuese feliz. Tenía un pasatiempo al que prestaba la máxima atención: sus múltiples dolencias. Según lo que él mismo contaba, padecía todas las enfermedades que se puedan hallar en un diccionario médico, y siempre estaba dispuesto a hablar de ellas. De hecho, Gordon tenía la impresión de que constituía el único tema de conversación de los huéspedes de la pensión. En la tenebrosa sala de estar, ancianos apergaminados, sentados en parejas, hablaban sobre síntomas de enfermedades. Parecían estalagmitas conversando con estalactitas. «¿Qué tal tu lumbago?», preguntaba la estalactita a la estalagmita. «Creo que las sales Kruschen me han sentado muy bien», respondía la estalagmita a la estalactita. Pling, pling, pling.
Y luego estaba la tía Angela, con sus sesenta y nueve años. Gordon procuraba no pensar en ella, a menos que no le quedara otro remedio.