Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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¡Pobre, querida, buena, amable y deprimente tía Angela! ¡Pobre tía Angela, consumida, apergaminada, todo piel y huesos! Allí, en su miserable casita adosada de Highgate —«Briarbrae» era su nombre—, allí, en su palacio de las montañas del norte, habitaba Angela, la virgen sempiterna, aquella de quien ningún hombre, vivo o perteneciente al mundo de las sombras, podía afirmar sin faltar a la verdad que había oprimido sus labios con tiernas caricias de enamorado. Vivía en la más absoluta soledad y se pasaba el día trajinando de un lado a otro, empuñando un plumero, hecho de plumas de cola de pavo, con el que limpiaba las oscuras hojas de las aspidistras y quitaba el odioso polvo del resplandeciente y jamás estrenado juego de té de porcelana Crown Derby. De vez en cuando confortaba su querido corazón con tragos de un té de color castaño oscuro, tanto de la marca Flowery Orange como Pekoe Points, que los hijos de barba ligeramente hirsuta de Coromandel enviaban a través del Mediterráneo. ¡Pobre, adorable, buena, amable tía Angela, pero, en conjunto, incapaz de inspirar amor! Su renta anual ascendía a noventa y ocho libras, o lo que es lo mismo, treinta y ocho chelines semanales, pero conservaba la costumbre, tan propia de la clase media, de hablar de sus rentas en términos anuales y no semanales; y de esos treinta y ocho chelines a la semana, doce chelines y seis peniques se le iban en los gastos de la casa. Lo más probable es que se hubiera muerto de hambre si Julia, de vez en cuando, no la hubiese obsequiado con paquetes de galletas, pan y mantequilla, que le entregaba como «un puñado de cosas insignificantes que era una pena que se desperdiciaran», fingiendo con gran seriedad que tía Angela no las necesitaba.


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