Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Pese a todo, la desdichada tía Angela tenía sus pequeñas distracciones. En su vejez, se había convertido en una lectora de novelas empedernida, ya que la biblioteca pública se hallaba a poco más de diez minutos a pie de Briarbrae. Mientras vivía, uno de los caprichos del abuelito Comstock había consistido en prohibir a sus hijas la lectura de novelas. En consecuencia, la tía Angela había comenzado a leerlas en 1902, lo que suponía un retraso de veinte años con respecto a las tendencias literarias actuales. Pero ella seguía su curso pausado y constante. A principios de siglo, todavía leía a Rhoda Broughton y Henry Wood; durante la guerra descubrió a Hall Caine y a Humphry Ward; en los años veinte leyó a Silas Hocking y a H. Seton Merriman, y, en los treinta, W.B. Maxwell y William J. Locke casi la habían conquistado. Pero ya no iría más allá. Había llegado hasta sus oídos que los novelistas de la posguerra eran inmorales, blasfemos y de inteligencia devastadora. Así que no los leería. A Walpole lo conocemos, a Hichens lo leemos, pero Hemingway, ¿quién es ese?






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