Que no muera la aspidistra

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Así pues, corría el año 1934 y esto era lo que quedaba de la familia Comstock: el tío Walter, con sus trabajos de «intermediario» y sus achaques; la tía Angela, limpiando el polvo del juego de té de porcelana Crown Derby en Briarbrae; la tía Charlotte, que todavía vivía una especie de existencia vegetativa en el manicomio; Julia, que trabajaba setenta y dos horas a la semana y remendaba por las noches, en su pequeño apartamento, junto a la diminuta estufa; y Gordon, que con casi treinta años ganaba dos libras a la semana en un trabajo absurdo y que luchaba a brazo partido con un terrible libro que nunca avanzaba, único testimonio palpable de su existencia.












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