Que no muera la aspidistra

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Pero los retazos de la conversación que había mantenido con Ravelston seguían martilleándole en la cabeza. Analizaba todas y cada una de sus palabras. ¡La humillación de la pobreza! No pueden comprenderlo, jamás podrán. No son estrecheces, con dos libras a la semana no se sufren estrecheces, y, si así fuera, tampoco importaría demasiado. Es la humillación, la terrible y maldita humillación. El derecho a pisotearte que la pobreza otorga a los demás. La forma en que los demás quieren pisotearte. Ravelston no había querido creerle. Era demasiado honrado, ese era su problema. Pensaba que era posible, a la vez, ser pobre y que te traten como un ser humano. Pero Gordon conocía la realidad mucho mejor que él. Entró en la pensión repitiéndose que sí, que lo sabía mejor que él.

En la bandeja del vestíbulo encontró una carta dirigida a él. El corazón se le aceleró. Por aquella época, todas las cartas le alteraban mucho. Subió los escalones de tres en tres, cerró la puerta y encendió la luz. La carta era de Doring.

Querido Comstock:




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