Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Había ido a visitar a su hermana el jueves por la tarde. Aunque el pequeño apartamento de Julia en Earl’s Court era interior y se encontraba en la segunda planta, no era tan sórdido como la habitación de Gordon. Pese a que era muy exiguo, Julia había puesto especial esmero en decorar la salita de estar. Prefería morirse de hambre antes que vivir en las condiciones miserables de su hermano. De hecho, cada uno de los cochambrosos muebles que adornaban la habitación, reunidos a fuerza de años, fueron el fruto de un período de semiayuno. Había una cama turca que bien podía confundirse con un sofá, una mesita redonda de roble, dos sillas de madera «antiguas», un taburete decorativo y una butaca tapizada en chintz, procedente de los almacenes Drage y pagada en trece plazos, frente a la minúscula estufa de gas; también había varias repisas con fotografías de sus padres, de Gordon y de tía Angela, y un calendario de abedul, sin duda algún regalo de Navidad, en el que se leía: «El camino es largo y no hay vuelta atrás». A Gordon le apesadumbraba ver a Julia. De continuo se reprochaba que debería visitarla más a menudo, pero lo cierto es que solo acudía para pedirle dinero.
Tras llamar a la puerta con tres aldabonazos, pues esa era la consigna para dar a entender que se trataba de una visita para los huéspedes de la segunda planta, Julia le acompañó a su habitación y se arrodilló frente a la estufa.