Que no muera la aspidistra

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VII

Las columnas de humo de las chimeneas se alzaban rectas hacia el cielo de tonos rosáceos.

Gordon cogió el autobús número 27 a las ocho y diez minutos. Las calles todavía estaban desiertas en la quietud somnolienta del domingo. Aquí y allá, en los portales, las botellas de leche montaban guardia como pequeños centinelas blancos. Gordon llevaba catorce chelines, mejor dicho, trece chelines y nueve peniques, pues el autobús le había costado tres peniques. De ellos, nueve procedían de su paga semanal y solo Dios sabía las penalidades que le esperaban a lo largo de la semana; los otros cinco se los había prestado Julia.









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