Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Las columnas de humo de las chimeneas se alzaban rectas hacia el cielo de tonos rosáceos.
Gordon cogió el autobús número 27 a las ocho y diez minutos. Las calles todavía estaban desiertas en la quietud somnolienta del domingo. Aquí y allá, en los portales, las botellas de leche montaban guardia como pequeños centinelas blancos. Gordon llevaba catorce chelines, mejor dicho, trece chelines y nueve peniques, pues el autobús le había costado tres peniques. De ellos, nueve procedían de su paga semanal y solo Dios sabía las penalidades que le esperaban a lo largo de la semana; los otros cinco se los había prestado Julia.
