Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra ¡Ojalá hiciera buen tiempo el domingo! Estaban en pleno invierno. ¡Qué suerte tendrían si amaneciera uno de esos espléndidos días apacibles que casi resultan estivales, y pudiera recostarse durante horas sobre los helechos sin sentir el menor frío! Pero esos días no abundaban, a lo sumo se daban una docena en todo el invierno. Incluso era posible que lloviera. Gordon se preguntaba si, después de todo, podrían salir de excursión. No tenían ningún sitio donde refugiarse, solo el campo abierto. En Londres había muchas parejas de amantes que no tenían «ningún sitio adonde ir», excepto las calles y los parques, donde no hay ni pizca de intimidad y siempre hace frío. Y cuando hace frío, si se carece de dinero no resulta nada sencillo hacer el amor. La consabida frase de las novelas, esa de «no importa ni el momento ni el lugar», no es más que pura ficción.