Que no muera la aspidistra

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Sin embargo, aún siguieron charlando un buen rato, tanto que Rosemary se quedó sin cenar. Tenía que regresar a su pensión a las once; de lo contrario, los dragones hembras que custodiaban su casa se hubieran enfurecido. Gordon recorrió Tottenham Court hasta el final y tomó el tranvía, pues era un penique más barato que el autobús. Se acomodó en los asientos de madera de la parte superior, junto a un escocés menudo y sucio que leía los resultados de las finales de fútbol americano y apestaba a cerveza. Gordon se sentía feliz. Rosemary estaba a punto de ser su amante. «Cortante y amedrentador el viento barre…». Al ritmo del traqueteo del tranvía, Gordon recitó las siete estrofas terminadas de su poema. Decidió que tendría un total de nueve. Era bueno. Creyó en aquel poema y en sí mismo. Era un poeta. Gordon Comstock, autor de Ratones. Incluso volvió a creer en «Los placeres de Londres».

Pensó en el domingo. Se encontrarían a las nueve en punto en la estación de Paddington. Aquella excursión le costaría unos diez chelines. Debía conseguir el dinero aunque para ello tuviese que empeñar la camisa. Rosemary iba a convertirse en su amante muy pronto, tal vez ese mismo domingo, si se daban las circunstancias apropiadas. Aunque ninguno de los dos había dicho nada al respecto, se trataba de una especie de acuerdo tácito entre ambos.


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