Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra —Qué estúpidos somos al discutir asà cuando nos vemos tan poco, ¿verdad, Gordon?
—Lo sé. Todo es culpa mÃa. No lo puedo remediar, pero es que estas cosas me sacan de quicio. En el fondo, el dinero es el causante de mis males, siempre el dinero.
—¡Oh, el dinero! Le concedes demasiada importancia, Gordon.
—Desde luego, es lo único por lo que merece la pena preocuparse.
—De todas formas, iremos de excursión el domingo, ¿verdad? A Burnham Beeches o a cualquier otro sitio. Me hace tanta ilusión…
—SÃ, a mà también. Saldremos temprano y pasaremos todo el dÃa fuera. Yo me encargo de comprar los billetes de tren.
—Pero yo quiero pagar mi billete.
—No, prefiero pagarlo yo. Pero, pase lo que pase, iremos —insistió.
—¿Y no vas a permitir que por una vez te invite a cenar para demostrarme que confÃas en mÃ?
—No, no puedo. Lo siento. Ya te he explicado por qué.
—¡Querido!… Bien, entonces supongo que ha llegado la hora de despedirnos. Se ha hecho tarde.