Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Ella le abrazó de nuevo. Trataba de hacer las paces. No le comprendía y probablemente jamás le comprendería; sin embargo, lo aceptaba tal como era, sin ni siquiera protestar por sus desatinadas ideas. Cuando levantó el rostro para besarle, Gordon notó un gusto salado en sus labios. El sabor de las lágrimas… La estrechó con fuerza. Esa actitud defensiva tan arraigada en Rosemary había desaparecido. Ella cerró los ojos y se abandonó en sus brazos, como si sus huesos se hubieran debilitado; abrió los labios y su pequeña lengua buscó la de Gordon. Aquel gesto era muy raro en ella. Su cuerpo cedía y Gordon comprendió de repente que su batalla había terminado. Rosemary sería suya cuando él lo decidiese, aunque no tuviera plena conciencia de lo que le estaba ofreciendo; para ella tan solo constituía un mero gesto de generosidad, un deseo de tranquilizarle, de borrar toda duda sobre su convicción de que no era amado ni digno de ser amado. Rosemary no necesitaba expresarlo con palabras; su cuerpo hablaba por sí solo. Pero, aunque se hubiesen encontrado en el momento y el lugar apropiados, Gordon no la hubiera tomado. En aquellos instantes Gordon la amaba, pero no la deseaba. El deseo asomaría más tarde, cuando hubiese desaparecido de su mente todo recuerdo de esa pequeña disputa y de los cuatro chelines y cuatro peniques que llevaba en el bolsillo. Al cabo de un rato sus labios se separaron, aunque ellos seguían fundidos en un abrazo.


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