Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Tan pronto como el reloj dio la una, Gordon cerró la librería y se apresuró, casi corrió, hacia la sucursal del banco Westminster que se encontraba calle abajo.
Con un gesto casi instintivo de precaución, mantuvo una de las solapas de la chaqueta pegada a su cuerpo. El bolsillo interior derecho contenía algo cuya existencia Gordon todavía no acababa de creerse. Era un abultado sobre azul, con un sello norteamericano; ¡en su interior había un cheque de cincuenta dólares a nombre de Gordon Comstock!
El sobre le quemaba el pecho como hierro al rojo vivo. Había percibido su presencia toda la mañana, lo palpara o no. Daba la impresión de que la parte derecha de su pecho había desarrollado una sensibilidad fuera de lo común. Cada diez minutos sacaba el cheque del sobre y lo examinaba con ansiedad. Al fin y al cabo, los cheques son muy traicioneros. Sería terrible que hubiera algún problema con la fecha o la firma. También podía perderlo, hasta podía desvanecerse, como el oro de los cuentos de hadas.
