Que no muera la aspidistra

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Ofreció el empleo a Gordon. Era muy sencillo. Todo su trabajo consistía en permanecer en la biblioteca diez horas al día, entregar los libros, recibir el dinero y espantar a los ladrones. Y añadió, mirando a Gordon de reojo, que la paga era de treinta chelines a la semana.

Gordon lo aceptó sin vacilación. Tal vez aquello decepcionó ligeramente al señor Cheeseman, que había esperado alguna protesta y que hubiera disfrutado apabullando a Gordon al recordarle que los mendigos poco podían protestar. Pero el trato satisfizo a Gordon. El trabajo era sencillo y no le acarrearía «problemas»: no incitaba a la ambición ni al esfuerzo ni a la esperanza. Diez chelines menos…, diez chelines más próximo a la miseria. Era lo que andaba buscando.

Pidió «prestadas» otras dos libras a Ravelston y alquiló una habitación amueblada por ocho chelines a la semana en un mugriento callejón paralelo a Lambeth Cut. El señor Cheeseman realizó el pedido de los quinientos libros de géneros variados y Gordon comenzó a trabajar el 20 de diciembre, que, casualmente, coincidía con la fecha de su trigésimo cumpleaños.



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