Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Gordon Comstock era un nombre horrible, pero es que Gordon descendía de una familia horrible. Como es natural, el Gordon le venía por parte escocesa. Hoy día, la difusión de tales nombres en Inglaterra se debe simplemente a la «escocificación» que ha tenido lugar en el país durante los últimos cincuenta años. Nombres como Gordon, Colin, Malcolm y Donald constituyen la gran contribución que Escocia ha hecho al mundo, junto con el golf, el whisky, las gachas de avena y las obras de J. M. Barrie y de Stevenson.
Los Comstock pertenecían al más deprimente de todos los estratos sociales: la clase media, la nobleza sin tierras. En su miseria, no contaban siquiera con el triste consuelo de descender de una familia de rancio abolengo caída en desgracia, ya que no eran, ni mucho menos, de rancio abolengo, sino tan solo una de esas familias que se enriqueció rápidamente durante la próspera era victoriana y que se empobreció más rápidamente de lo que se había enriquecido. Su relativa prosperidad había durado, a lo sumo, cincuenta años, que coincidían con la época en que había vivido su abuelo, Samuel Comstock: el abuelito Comstock, como le enseñaron a llamarle, pese a que el anciano había muerto cuatro años antes de que él naciera.
