Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Con gran diferencia, mis mejores momentos en el hotel llegaban cuando iba a ayudar al camarero del cuarto piso. Trabajábamos en una pequeña despensa que se comunicaba con la cafeterie mediante los montacargas de servicio. Era deliciosamente fresca después de los sótanos, y mi labor consistía sobre todo en sacar brillo a los cubiertos y la cristalería, que es un trabajo tolerable. Valenti, el camarero, era un tipo decente, y me trataba casi de igual a igual cuando estábamos a solas, aunque si había presente alguien más tenía que tratarme con rudeza, pues a un camarero no le conviene mostrarse amistoso con los plongeurs. A veces me daba una propina de cinco francos cuando había tenido un buen día. Era un joven apuesto, de unos veinticuatro años, aunque aparentaba dieciocho, y, como casi todos los camareros, sabía comportarse y vestir bien. Con su frac negro y su corbata blanca, la cara limpia y el cabello castaño y brillante parecía un joven etoniano; sin embargo, se ganaba la vida desde los doce años y había ascendido, literalmente, desde el arroyo. Entre sus vivencias se contaba haber cruzado la frontera sin pasaporte, haber vendido castañas en una carretilla en los bulevares del norte, haber pasado cincuenta días en la cárcel en Londres por trabajar sin permiso y haber sido seducido en un hotel por una anciana rica, que le había regalado un anillo de diamantes y luego le había acusado de robarlo. Me gustaba charlar con él, en los momentos de asueto, cuando nos sentábamos a fumar y echábamos el humo por el hueco del montacargas.
