Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres En mi tercer día en el hotel el chef du personnel, que siempre me había hablado con bastante amabilidad, me llamó y me espetó en tono desabrido: «¡Eh, tú, aféitate cuanto antes ese bigote! Nom de Dieu, ¿cuándo se ha visto un plongeur con bigote? —Empecé a quejarme, pero me cortó en seco—. Un plongeur con bigote… ¡qué absurdo! Que no te vea mañana con él».
De camino a casa le pregunté a Boris a qué venía aquello, y este se encogió de hombros.
«Tendrás que hacer lo que te ha dicho, mon ami. En el hotel solo los cocineros llevan bigote. Pensaba que te habías dado cuenta. ¿La razón? No la hay. Es la costumbre».
Comprendí que era una cuestión de etiqueta, como no llevar corbata blanca con el esmoquin, y me afeité el bigote. Luego descubrí la explicación de la costumbre: los camareros de los hoteles buenos no llevan bigote, y para dejar clara su superioridad decretan que los plongeurs tampoco los lleven; y los cocineros se dejan bigote para mostrar el desprecio que les inspiran los camareros.
