Sin blanca en Paris y Londres

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Entre el personal había muchos ladrones y, si dejabas dinero en los bolsillos del abrigo, casi siempre desaparecía. El portero, que pagaba nuestro salario y nos registraba en busca de comida robada, era el mayor ladrón del hotel. Se las ingenió para estafarme ciento catorce francos de mis quinientos al mes en seis semanas. Yo había pedido cobrar a diario, así que aquel individuo me pagaba dieciséis francos cada noche, pero me escatimaba la paga de los domingos (a la que por supuesto yo tenía derecho) y así se embolsó sesenta y cuatro francos. Además, yo ignoraba que, si trabajabas los domingos, tenías derecho a cobrar veinticinco francos extra. Tampoco me los pagó nunca y sacó otros setenta y cinco. Hasta la última semana no reparé en que me estaba engañando y, como no podía demostrar nada, me devolvió solo veinticinco francos. El portero timaba del mismo modo a cualquier empleado lo bastante tonto para dejarse embaucar. Decía que era griego, pero en realidad era armenio. Después de conocerlo, entendí el proverbio que dice: «Fíate de una serpiente antes que de un judío y de un judío antes que de un griego, pero nunca te fíes de un armenio».





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