Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres A los pocos días había entendido los principios por los que se regía el hotel. Lo que más habría sorprendido a cualquiera que entrase por primera vez en la zona de servicio era el ruido y el desorden terribles que se producían en las horas de más trabajo. Es tan distinto de la tarea continuada en una tienda o una fábrica que, a primera vista, parece fruto de una mala organización. Pero, en realidad, es inevitable por el siguiente motivo: el trabajo en un hotel no es especialmente cansado, pero por su naturaleza se presenta a rachas y no se puede adelantar. Es imposible, por ejemplo, freír un bistec dos horas antes de que lo pidan; no hay más remedio que esperar hasta el último momento, cuando se acumula todo el trabajo, y hacerlo todo a la vez con una precipitación frenética. El resultado es que, a la hora de las comidas, todo el mundo hace la tarea de dos personas, lo cual es imposible sin ruido y discusiones. De hecho, las peleas son una parte necesaria del proceso, pues sería imposible mantener el ritmo si todo el mundo no se dedicara a acusar a los demás de no hacer nada. Por ese motivo a esas horas todo el personal se sulfuraba y maldecía como demonios. En esos momentos apenas se oía otro verbo en el hotel que foutre. Una chica de la panadería, que tenía solo dieciséis años, utilizaba tales juramentos que habría avergonzado a un cochero. (¿No dice Hamlet «maldecir como un marmitón»? No hay duda de que Shakespeare los había visto trabajar). Pero no era que perdiésemos la cabeza y desaprovecháramos el tiempo; nos limitábamos a animarnos unos a otros para hacer el esfuerzo de comprimir cuatro horas de trabajo en dos.
