Sin blanca en Paris y Londres

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XVIII

Un sábado por la noche, en el bistro, Charlie nos contó una buena historia. Hay que hacer el esfuerzo de imaginarlo borracho, pero lo bastante sobrio para hablar con coherencia. Da un golpe en la barra de zinc y grita exigiendo silencio:

«¡Silencio, messieurs et dames, silencio, se lo ruego! Escuchen la historia que me dispongo a contarles. Es una historia memorable e instructiva, un recuerdo de una vida refinada y civilizada. ¡Silencio, messieurs et dames!

»En la época en que sucedió yo estaba sin un céntimo. Ya saben lo que es eso, y lo repulsivo que resulta que un hombre refinado tenga que verse en esa situación. No me había llegado el dinero de casa. Lo había empeñado todo y no me quedaba más remedio que trabajar, algo con lo que no estoy dispuesto a transigir. Por aquel entonces vivía con una joven. Se llamaba Yvonne, una campesina medio retrasada como Azaya aquí presente, de cabello rubio y piernas gruesas. Llevábamos tres días sin comer. ¡Mon Dieu, qué sufrimientos! La muchacha iba y venía por la habitación con las manos en la barriga, aullaba como un perro y aseguraba que se moría de hambre. Fue horrible.


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