Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres El patron me había contratado en la cocina como plongeur; es decir, que mi trabajo consistía en fregar los platos, mantener limpia la cocina, cortar las verduras, hacer té, café y bocadillos, preparar los platos más sencillos y hacer recados. Los términos eran, como de costumbre, la comida y quinientos francos al mes, pero no tenía día libre, ni horario fijo de trabajo. En el Hôtel X. había visto la mejor cara de la hostelería, cuando hay dinero de sobra y buena organización. En el Auberge aprendí cómo se hacían las cosas en un mal restaurante. Vale la pena describirlo, pues hay cientos de locales similares en París y todos los que visitan la ciudad comen alguna vez en uno de ellos.
Ya puestos, debería añadir que el Auberge no era la típica casa de comidas barata frecuentada por obreros y estudiantes. Por menos de veinticinco francos no se podía comer nada decente; éramos artísticos y pintorescos, y eso elevaba nuestro estatus social. Además de los cuadros indecentes en el bar, estaba la decoración normanda —vigas falsas en las paredes, bombillas en forma de velas, cerámica «campesina» e incluso un montadero a la entrada—; además, el patron y el camarero jefe eran oficiales del ejército ruso, y muchos de los clientes eran aristócratas refugiados. En suma, éramos decididamente chics.
