Sin blanca en Paris y Londres

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XXI

Ese tipo de vida continuó unas dos semanas, aunque el trabajo aumentó un poco a medida que fueron llegando nuevos clientes al restaurante. Podría haber ahorrado una hora al día si hubiese alquilado una habitación cerca del restaurante, pero era imposible encontrar tiempo para la mudanza, o, ya puestos, para cortarme el pelo, leer el periódico o incluso desvestirme del todo. Al cabo de diez días me las arreglé para tener un cuarto de hora libre y escribí a mi amigo B. en Londres para preguntarle si podría encontrarme algún trabajo, lo que fuese, con tal de que pudiera dormir más de cinco horas al día. Sencillamente, no podía seguir trabajando diecisiete horas al día, aunque hay mucha gente que no lo ve tan mal. Cuando se tiene exceso de trabajo, el mejor modo de dejar de sentir compasión por uno mismo es pensar en los miles de personas que tienen esos horarios en los restaurantes parisinos y que pasan así, no unas pocas semanas, sino años. Había una joven en un bistro cerca de mi hotel que llevaba un año entero trabajando de siete de la mañana a medianoche y que solo descansaba para comer. Recuerdo que una vez que la invité a ir a bailar, se rió y me contestó que hacía meses que no había ido más allá de la esquina. Tenía tuberculosis y murió poco después de marcharme de París.


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