Sin blanca en Paris y Londres

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XXV

Los once chelines me duraron tres días y cuatro noches. Después de mi mala experiencia en Waterloo Road[1] me dirigí al este y pasé la noche siguiente en una pensión de Pennyfields. Era la típica pensión como hay cientos en Londres. Alojaba de cincuenta a cien hombres y la regentaba un «encargado» en representación del dueño, pues esas casas de huéspedes son negocios muy provechosos propiedad de gente rica. Dormíamos quince o veinte en un dormitorio; las camas eran duras y frías, pero las sábanas llevaban solo una semana sin lavar, lo cual ya era una mejora. La tarifa eran nueve peniques o un chelín (en los dormitorios de un chelín había seis pies de separación entre las camas en vez de cuatro) y las condiciones eran que o pagabas en metálico antes de las siete de la tarde o te ibas a la calle.

Abajo había una cocina comunitaria para los huéspedes, con fogones, ollas, teteras y tostadoras. Dos grandes fuegos de hulla ardían día y noche todo el año. La labor de avivarlos, barrer la cocina y hacer las camas se repartía por turnos entre los huéspedes. Uno de los huéspedes más antiguos, un apuesto estibador de aspecto normando llamado Steve, era el «jefe de la casa», ejercía de árbitro en las disputas y era el encargado no remunerado de echar a la gente a la calle.


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