Sin blanca en Paris y Londres

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XXVI

Por la mañana, después de pagar el habitual té con dos rebanadas y de comprar media onza de tabaco, me quedó solo medio penique. No quería pedirle más dinero a B., al menos de momento, así que la única posibilidad que me quedaba era ir a un albergue para vagabundos. No tenía ni idea de por dónde empezar, pero sabía que había uno en Romton, así que fui andando hasta allí y llegué a las tres o cuatro de la tarde. Apoyado en la cerca de una cochiquera en el mercado de Romton había un viejo irlandés con muchas arrugas, sin duda un vagabundo. Fui hasta donde se encontraba y le ofrecí mi petaca. La abrió, miró el tabaco y se quedó atónito:

—¡Santo Dios —exclamó—, pero si aquí hay seis peniques de tabaco del bueno! ¡De dónde diablos lo has sacado! No debes de llevar mucho por los caminos.

—¿Cómo? ¿Es que por los caminos no hay tabaco? —pregunté.

—Oh, sí, claro, mira.

Sacó una lata de caldo de carne oxidada. Dentro había veinte o treinta colillas recogidas del suelo. El irlandés me contó que rara vez fumaba otra cosa y añadió que, si ibas atento, podías encontrar hasta dos onzas de tabaco al día en las aceras londinenses.

—Vienes de uno de los albergues de Londres, ¿eh? —preguntó.


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